marzo 31, 2004


What COTO's thing are you?

marzo 10, 2004

Al final de este viaje por India

Ya en casa, en Buenos Aires, a más de 30 horas de viaje en avión (Mumbai-Kuala Lumpur (Malaysia)- Johnanesburg y Cape Town (Sudáfrica). Voy a la biblioteca a buscar a Paul Bowles y encuentro el libro "Cabezas Verdes, Manos Azules", sobre crónicas y cuentos de viajes. Ahí van algunos párrafos del prólogo, un texto que no tiene desperdicio y que hilvana algunas de las cosas que experimenté en un país como India.
El choque cultural fue de los más grossos que me tocaron. Así como muchas veces me pregunté qué carajo hago acá, ese mundo completamente diferente, con sus reglas y leyes de supervivencia, es lo que hizo que valiera la pena el viaje. Su fuerte identidad es algo impactante: estar en la India fue como vivir en un cuento provocador de los sentidos.

Acá van algunas palabras de Bowles:



"Siempre que visito un lugar por primera vez espero que sea lo más diferente posible de los sitios que ya conozco. Supongo que es natural que un viajero busque la diversidad y que sea el elemento humano lo que contribuye más a esa impresión de diferencia. Si las gentes y sus modos de vivir fueran iguales en todas partes, no tendría mucho sentido desplazarse de un lugar a otro. Con escasas excepciones, el paisaje por sí mismo no posee el suficiente interés como para justificar el esfuerzo que exige verlo. Incluso las obras de los hombres, a menos que se utilicen en la vida cotidiana, parecen perder su significado y asumir el aspecto de decorados. Lo que hace que Estambul merezca la pena para el forastero no es la presencia de mezquitas y de zocos cubiertos, sino el hecho de que todavía se utilicen como tales. Si el pueblo indio no tuviese su especial conciencia de la importancia de la disciplina espiritual resultaría abrumadoramente deprimenta visitar la India, pese a sus joyas arquitectónicas. Y el norte de Africa, sin sus tribus - habitado por suizos, por ejemplo-, sería como California pero más desértica.
(...)
Claude Lévi-Strauss mantiene la tesis de que, para seguir funcionando correctamente, el mundo occidental necesita librarse constantemente de grandes cantidades de material de desecho, que va a parar a los pueblos menos favorecidos. "Lo que primero nos revelan los viajes es nuestra propia basura, arrojada al rostro de la humanidad".
(...)
A mi modo de ver, las gentes de culturas distintas a la nuestra se ven asoladas, no tanto por los subproductos de nuestra civilización como por el deseo irracional de sus propias minorías educadas de renunciar a ser ellos mismos y occidentalizarse. Los diversos cachivaches tecnologógicos que forman nuestra "basura" constituyen los fetiches adecuados que contribuyen a la mágica transformación.
(...)
Las formas de pensamiento tradicionales pueden destruirse a la fuerza, desde luego, pero lo que se necesitaría es que se transformaran en otras formas viables que las suplieran, y esto solo puede hacerlo la propia gente, de modo empírico".


marzo 09, 2004

10 cosas que voy a extrañar

1. Los viajes en tren

2. La comida especiada, vegetariana y exquisita

3. El lassi (yogur con frutas naturales o secas, que prometo convidar en bs as)

4. El regateo. Al final uno se re engancha regateando, andás pidiendo rebaja, explicando los motivos, el otro te va bajando, o no, y cuando pagás siempre te vas contento, con sabor a que algo ganaste. Es un juego. Sostendré este espíritu regateador en la panadería del barrio por cuarto kilo de figacitas?

5. La música permanente. Cuando no es un grabador atronador desde un negocio, es alguien que pasa silbando una canción, la música adentro de un taxi, en los altoparlantes de una calle, un grupo de chicos que pasan cantando a todo pulmón, los himnos desde un templo o unos locos que tocan tambores. Me siento todo el tiempo adentro de un videoclip.

6. Los colores: el rosa, el bermellón, el turquesa, el fucsia, el amarillo hindú.

7. Los hindúes. Los chicos tienen unas caras increíbles, una sonrisa que es de las más dulces del planeta, y unos ojos que te perforan. Incluso los adultos parecen conservar mucho de su espíritu de niños. Conocimos a chicos y grandes inolvidables: desde conductores de Rickshaws hasta mozos o poetas o gente del tren. Una divina: Dipa, que nos invitó a conocer su familia y su casa en Calcutta.

8. Los trotamundos. Conocimos a algunos memorables: Marta, la española que trabaja en lo de la Madre Teresa; un ruso fascinado por Osho que viaja en tren con su albumcito de fotos para mostrar la vida en su país; Sohud, una noruega encantadora que nos contaba que el principal problema de su país es no tener un buen tratamiento para adictos; Jean Michel, su compa de viaje; otro francés que trabaja 3 meses en el barco de un cineasta millonario en Niza y vive el resto del año de viaje; Laurencio el bombero; Jack el irlandés herrero.

9. El chai. Me acostumbré y me encanta. Es rico y además viene en la medida justa. Es un té que se vende en todas partes, en un vasito de papel o en un cuenco pequeño de cerámica destartable. Tiene leche y a veces especies. Le ponen azúcar pero te acostumbrás. Y te terminás tomando varios por día.

10. La calma hindú, por lo menos como actitud. Ommm...

marzo 03, 2004

La gran camel

A pesar del cybersilencio las aventuras no cesaron. Apenas llegamos a Jaisalmer, hermoso poblado del siglo X, hecho de casas bajas con ladrillos de piedra arenisca del jurasico, el dueño del hotel nos empezó a taladrar el cerebro con el safari al deserito. Todos te persiguen por la ciudad con el rollo del safari. Y como un irlandés que conocimos en Jodphur, antes de llegar acá, había dicho que el que organizaba este hotelito estaba muy ok, lo tomamos. A los cinco minutos de apoyar las mochilas en el piso del hotel, Indra, el owner, nos convidó un chai (té hindi), nos mostró un album de fotos, un cuadernito con anotaciones de viajeros que hicieron el safari, y nos convenció de que lo mejor era tomar uno por tres días y dos noches. Nos reímos de encontrar en el cuaderno, entre frasecitas en holandes o ingles, el comentario de un argentino que decía:

"estos tipos son re mafia pero buena onda. ni en pedo me vuelvo a subir a un camello en esta vida".

Cuestión que el Indra nos presionó para decidir en una hora o perdíamos la vacante del safari. A la distancia uno se caga de risa. Pero cuando acabás de llegar a un hotel después de un largo viaje en tren, lleno de calor y de polvo, sediento, hambriento, somnoliento, son las 3 de la tarde, el sol te parte en dos y te quedan cinco dias en la India, la presión surte efecto. Y a la hora pusimos los morlacos (unos 120 pesos argentos por capocha).

El domingo a las 6 nos recogió una camoineta, junto a dos suecos, una parejita de nuestra edad. Nos llevó a un lugar donde están todos los camellos y los guías. Me impresionó que estuviera todo lleno de soretitos de camello, toda la arena, todo. Y nosotros ahi en medio desayunando nuestro chai con tostadas. ok. A esta altura creo que me fui acostumbrando. Pero pensaba: solamente con poner a los camellos de acá para allá, cagan del otro lado y cero problema. Pero en el mundo las cosas no suelen ser lógicas.

Las primeras zancadas del camello fueron inolvidables: estás re alto y te parece que en cualquier momento te vas al piso. Micropánico seguido de sensación de felicidad, vos y tu mascota, la mía una camellita llamada Siwak, con collares y todo, en medio de un páramo, caminando hacia el horizonte. Los pájaros te sobrevuelan planeando. Ves la nada, sentís la nada, creés estar en medio de la nada.

Así anduvimos como dos horas. Los suecos, Ari, y yo, uno en cada camel y luego los tres guías que nos acompañaron en uno solo. Los guías y nos nos entendíamos más bien por señas. Uno de los guías sabía algunas frases útiles en inglés: tirá, soltá, pegále, dale, trotando. ja ja justo palabras que ni nosotros ni los suecos entendíamos. Y el kia se la pasaba gritando órdenes, y nunca sabía si le hablaba a los camellos o a nosotros pero nos tenía a todos cortitos entre Jai Jai!, Ju ju ju!, Tight, Hit, left y right que es lo único casi que entendíamos.
Cada tanto la cosa se ponía densa porque les gritaba Jai Jai y los camellos empezaban a correr al palo y parecía que te caías ahí nomás. El Ari tenía una caripela que iba duro, con el camello que ponía quinta, y cuando tenía un recreo en el trote metía bocadillos:

- Che Maru, te acordás del chabon de Superman?
- Quedate tranquilo que ese pobre hombre se cayó de un caballo, no de un camello.

De verdad parecía que te caías. Y a esa altura las piernas empezaban a doler. Las rodillas me raspaban con las tiras del camello. Por suerte paramos a almorzar. A la tarde siguió la joda: tres horitas más en camello que me empezaban a parecer una tortura porque intuía estaba alimentando ampollas en la cara interior de las rodillas. En otras zonas más pudendas también sentía el efecto: las piernas abiertas como para parir trillizos al unísimo. Cuando estábamos llegando a las famosas dunas, el camello de la sueca se retobó y se fue contra unos alambres de púa. La chica se hizo unas heridas horribles en la pierna que tocó los alambres, sangraba fiero, pero por suerte tenían alcohol sólido y Ari le hizo una venda con cinta de papel (un básico de viaje).
La sueca, Yenny, ingeniera, se la bancó como una lady. Ya en las dunas vimos el rozagante atardecer. NO eran las dunas del Sahara. Ni siquiera las de Villa Gesell. Pero como el entorno era páramo a full, tenía cierto encanto.
Cenamos chapatis, arroz, guisito de verduras y a las 8 tiramos las mantas para dormir. El cielo era uno de los más estrellados que recuerdo. Sin que lo llamara, vino a mi cabeza el escritor Paul Bowles. Me pareció que bajo un cielo estrellado del desierto se le debe haber ocurrido el título de su novela: El Cielo Protector.
Lástima el frío. Nos entraba el chiflete por todos los wines, estábamos sobre la duna, en descenso digamos, y se nos caían las mantas hacia abajo. Y había un tremendo viento. A las 7 ya estábamos desayunando. Nos dolía todo. Y con Ari empezamos a pensar en regresar antes porque como habrán notado por el relato, la estábamos pasando duro. Cuando volvimos a subir a los camellos teníamos ampollas en los sitios más insospechados. Y en verdad el paisaje era demasiado igual para andar más tiempo por sitios a los que descubrimos, se podía llegar por la ruta!. Cuestión que decidimos regresar con los suecos, que habían tomado el safari por dos días.
A las 5 de la tarde ya estábamos volviendo. Nos acordamos de lo que había escrito el argento en el cuadernito. Ari le trataba de enseñar a los guías dos palabras en español (culo roto). Los guías nos decían que conocían a su jefe y no nos iba a devolver la plata ni a palos. Efectivamente así fue. No sólo no nos devolvió el día que pagamos de más sino que además nos cobró la noche que se suponía pasaríamos en el desierto. Pero llegamos a la habitación y respiramos aliviados por haber tomado la gran decisión de volver. Hay cosas en la vida que no tienen precio.