La gran camel
A pesar del cybersilencio las aventuras no cesaron. Apenas llegamos a Jaisalmer, hermoso poblado del siglo X, hecho de casas bajas con ladrillos de piedra arenisca del jurasico, el dueño del hotel nos empezó a taladrar el cerebro con el safari al deserito. Todos te persiguen por la ciudad con el rollo del safari. Y como un irlandés que conocimos en Jodphur, antes de llegar acá, había dicho que el que organizaba este hotelito estaba muy ok, lo tomamos. A los cinco minutos de apoyar las mochilas en el piso del hotel, Indra, el owner, nos convidó un chai (té hindi), nos mostró un album de fotos, un cuadernito con anotaciones de viajeros que hicieron el safari, y nos convenció de que lo mejor era tomar uno por tres días y dos noches. Nos reímos de encontrar en el cuaderno, entre frasecitas en holandes o ingles, el comentario de un argentino que decía:
"estos tipos son re mafia pero buena onda. ni en pedo me vuelvo a subir a un camello en esta vida".
Cuestión que el Indra nos presionó para decidir en una hora o perdíamos la vacante del safari. A la distancia uno se caga de risa. Pero cuando acabás de llegar a un hotel después de un largo viaje en tren, lleno de calor y de polvo, sediento, hambriento, somnoliento, son las 3 de la tarde, el sol te parte en dos y te quedan cinco dias en la India, la presión surte efecto. Y a la hora pusimos los morlacos (unos 120 pesos argentos por capocha).
El domingo a las 6 nos recogió una camoineta, junto a dos suecos, una parejita de nuestra edad. Nos llevó a un lugar donde están todos los camellos y los guías. Me impresionó que estuviera todo lleno de soretitos de camello, toda la arena, todo. Y nosotros ahi en medio desayunando nuestro chai con tostadas. ok. A esta altura creo que me fui acostumbrando. Pero pensaba: solamente con poner a los camellos de acá para allá, cagan del otro lado y cero problema. Pero en el mundo las cosas no suelen ser lógicas.
Las primeras zancadas del camello fueron inolvidables: estás re alto y te parece que en cualquier momento te vas al piso. Micropánico seguido de sensación de felicidad, vos y tu mascota, la mía una camellita llamada Siwak, con collares y todo, en medio de un páramo, caminando hacia el horizonte. Los pájaros te sobrevuelan planeando. Ves la nada, sentís la nada, creés estar en medio de la nada.
Así anduvimos como dos horas. Los suecos, Ari, y yo, uno en cada camel y luego los tres guías que nos acompañaron en uno solo. Los guías y nos nos entendíamos más bien por señas. Uno de los guías sabía algunas frases útiles en inglés: tirá, soltá, pegále, dale, trotando. ja ja justo palabras que ni nosotros ni los suecos entendíamos. Y el kia se la pasaba gritando órdenes, y nunca sabía si le hablaba a los camellos o a nosotros pero nos tenía a todos cortitos entre Jai Jai!, Ju ju ju!, Tight, Hit, left y right que es lo único casi que entendíamos.
Cada tanto la cosa se ponía densa porque les gritaba Jai Jai y los camellos empezaban a correr al palo y parecía que te caías ahí nomás. El Ari tenía una caripela que iba duro, con el camello que ponía quinta, y cuando tenía un recreo en el trote metía bocadillos:
- Che Maru, te acordás del chabon de Superman?
- Quedate tranquilo que ese pobre hombre se cayó de un caballo, no de un camello.
De verdad parecía que te caías. Y a esa altura las piernas empezaban a doler. Las rodillas me raspaban con las tiras del camello. Por suerte paramos a almorzar. A la tarde siguió la joda: tres horitas más en camello que me empezaban a parecer una tortura porque intuía estaba alimentando ampollas en la cara interior de las rodillas. En otras zonas más pudendas también sentía el efecto: las piernas abiertas como para parir trillizos al unísimo. Cuando estábamos llegando a las famosas dunas, el camello de la sueca se retobó y se fue contra unos alambres de púa. La chica se hizo unas heridas horribles en la pierna que tocó los alambres, sangraba fiero, pero por suerte tenían alcohol sólido y Ari le hizo una venda con cinta de papel (un básico de viaje).
La sueca, Yenny, ingeniera, se la bancó como una lady. Ya en las dunas vimos el rozagante atardecer. NO eran las dunas del Sahara. Ni siquiera las de Villa Gesell. Pero como el entorno era páramo a full, tenía cierto encanto.
Cenamos chapatis, arroz, guisito de verduras y a las 8 tiramos las mantas para dormir. El cielo era uno de los más estrellados que recuerdo. Sin que lo llamara, vino a mi cabeza el escritor Paul Bowles. Me pareció que bajo un cielo estrellado del desierto se le debe haber ocurrido el título de su novela: El Cielo Protector.
Lástima el frío. Nos entraba el chiflete por todos los wines, estábamos sobre la duna, en descenso digamos, y se nos caían las mantas hacia abajo. Y había un tremendo viento. A las 7 ya estábamos desayunando. Nos dolía todo. Y con Ari empezamos a pensar en regresar antes porque como habrán notado por el relato, la estábamos pasando duro. Cuando volvimos a subir a los camellos teníamos ampollas en los sitios más insospechados. Y en verdad el paisaje era demasiado igual para andar más tiempo por sitios a los que descubrimos, se podía llegar por la ruta!. Cuestión que decidimos regresar con los suecos, que habían tomado el safari por dos días.
A las 5 de la tarde ya estábamos volviendo. Nos acordamos de lo que había escrito el argento en el cuadernito. Ari le trataba de enseñar a los guías dos palabras en español (culo roto). Los guías nos decían que conocían a su jefe y no nos iba a devolver la plata ni a palos. Efectivamente así fue. No sólo no nos devolvió el día que pagamos de más sino que además nos cobró la noche que se suponía pasaríamos en el desierto. Pero llegamos a la habitación y respiramos aliviados por haber tomado la gran decisión de volver. Hay cosas en la vida que no tienen precio.
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